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Resiliencia y desempleo

Oyendo las historias de las personas que se encuentran en búsqueda activa (o no) de empleo y observando la evolución de los diferentes casos, me ha venido a la mente ese concepto tan bonito que te inculcan la licenciatura de psicología: La Resiliencia.

La resiliencia es la capacidad que tenemos las personas para sobreponernos a un hecho traumático o potencialmente patógeno. Como muchos otros constructos psicológicos es un fenómeno multifactorial de difícil medición y cuantificación, y cuya definición requiere de grandes dosis de interpretación.

Pero no es mi intención dar aquí una lección teórica acerca de la resiliencia y sus posibles implicaciones con la naturaleza de la conducta humana. En primer lugar, no soy la persona más adecuada para hablar de ello. En segundo, creo tener algo más interesante que decir.

Juguemos a acercar la resiliencia a l@s desemplead@s.

En mis cuatro años como profesional de la orientación laboral he tenido el placer de ver diferentes trayectorias de personas en búsqueda de empleo. Ahora me dedico a hacer la retrospectiva clasificándolas como personas con más o menos resiliencia. Bajo un criterio totalmente subjetivo, claro está, puesto que en su momento no tomé las molestias necesarias para registrar el dato bajo un método “objetivo”. Sin embargo, para lo que hoy nos ocupa, tampoco va a ser necesario.

Lo que nos importa es visualizar bajo un nuevo enfoque, cuál ha sido la deriva de cada una de estas personas y qué resultados les ha producido. Me imagino cómo actuaría esa persona con un alto grado de resiliencia en un momento de búsqueda de empleo:

1. La “persona resiliente” no se autocompadece, reconoce su problemática, tiene la capacidad de identificarla, la define, analiza los sentimientos que le provoca, pero jamás se deja llevar por la situación. Interpone sus propias medidas.

2. La “persona resiliente” es proactiva. Tiene una actitud, planifica y genera una estrategia para mejorar su situación.

3. Nuestra heroína resiliente no tiene suficiente miedo ni vergüenza para pedir ayuda cuando cree que la necesita. Busca figuras referentes que le puedan ayudar a salir de la situación problemática en la que se encuentra.

4. Sí, ese es otro punto fundamental, y mi enfoque psicosocial no puede obviarlo. La “persona resiliente” tiene un entorno social facilitador. Y básicamente se rodea de personas optimistas. No se puede enfrentar ninguna problemática desde un punto de vista catastrofista, siempre hay que ir acompañado de perspectivas positivas. Sólo de este modo se visualizan las posibles salidas.

5. Ser optimista requiere pasar por encima de nuestros miedos. Es una cuestión de autoestima. Para fortalecerla hay que enfrentarse a aquello que nos bloquea. No se trata de hacer el kamikaze sobre todo aquello que nos pueda hacer daño, es algo más como “tener la actitud de vencedora sobre tu propio fracaso”. Eso, siempre refuerza la autoestima. Reconocer dónde se ha errado y prometerse que nunca más volverá a suceder. Establecer el plan para que así sea y llevarlo a cabo. Eso sube la moral. A cualquiera. Y eso hace la “persona resiliente” cuando está en búsqueda de empleo.

Creo que ha llegado un punto en el que soy capaz de reconocer a estas personas justo en el momento en el que se sientan frente a mí para demandar una orientación laboral. Se les reconoce tan sólo por la forma de mirar, de situarse, de gesticular. Son aquellas personas que actúan cómo si ya hubieran triunfado antes de hacerlo.

Y, efectivamente, acaban logrando sus propósitos. Haciendo un repaso histórico de sus casos me doy cuenta que todas ellas lo acabaron logrando. Y me pregunto: ¿Cómo se puede transferir la capacidad de resiliencia? ¿Cómo se puede contagiar a alguien de la actitud que esta capacidad supone?